Los horrores de la razón absoluta
- POSMOGRAFÍAS por Rodrigo Gastón García Reyes
- 22 mar 2015
- 3 Min. de lectura
Si algo recuerdo de mis terrores nocturnos de adolescencia es la poderosa injerencia que tenía en ellos la literatura macabra de Howard Philips Lovecraft (Providence, 1890-1937), la oscura energía de su narrativa y el apabullante e incomprensible horror de sus monstruos, dioses indescriptibles provenientes de alienígenas espacios. Se trata de una de mis primeras fascinaciones literarias, que probablemente sólo puede explicar el profundo miedo que me inspiraban esas palabras. Sin embargo, la reciente relectura de su obra –en esos eruditos y enormes dos tomos de Valdemar que alguna vez compró mi hermano–, que curiosamente ha coincidido con su aniversario luctuoso (15 de marzo), me ha producido mayor asombro y he percibido en ella cierto espíritu escéptico, casi anticientífico.
No es un secreto para los lectores de Lovecraft su desprecio por algunos grupos étnicos ni la inquietante ausencia de mujeres en sus relatos. En realidad, el autor se encontraba lejos de ser una figura liberal o «progresista», como diríamos hoy. En más de un sentido, el pensamiento del autor se acerca a una postura conservadora. Tanto que no se dejaba fiar ni se encandilaba por el acelerado progreso tecno-científico que atravesó la humanidad durante el salto del siglo XIX al XX. Ávido lector de las teorías científicas en boga –sus biógrafos y críticos saben que leyó concienzudamente tanto a Einstein como a Freud–, Lovecraft se muestra abiertamente incrédulo, en contra del zeitgeits racionalista, de la pretensión de que la ciencia pudiese dar cuenta de todos los aspectos de la realidad y, finalmente, descubrir el verdadero sentido de la vida humana. Aunque no era sólo incredulidad: era la clara intuición de que el esfuerzo por hacer que la ciencia lo explicara todo y la tecnología lo resolviera, podría devenir en inimaginables monstruosidades (singular sintonía con intuiciones como las que Adorno y Horkheimer plasmaran en Dialéctica de la Ilustración o, recientemente, Lyotard en diversos textos).
Es este espíritu escéptico que apareció ante mí al releer al maestro del horror, que se respira en los protagonistas de sus cuentos y se despliega hiperbólicamente en las terribles abominaciones con las que aquéllos se enfrentaban sin oportunidad alguna. Sus personajes encarnan muchas veces (por ejemplo, en los cuentos Del más allá, Lo innominable, El color que cayó del espacio, Herbert West: reanimador) a eruditos, escritores o incluso científicos que dudan, empero, de la capacidad de la ciencia de explicar todo. Reservan en ocasiones un lugar para el misticismo, para lo inexplicable, para lo sobrenatural. Para estos personajes hay un lugar de la vida humana al cual la ciencia no puede –ni debe– acceder. Y es precisamente en el intento de acceder a estos lugares, representado en el afán del conocimiento absoluto que mueve a muchos de sus antagonistas humanos, que se desatan las más alucinantes y terribles abominaciones. En sus cuentos, Lovecraft les prepara a estos científicos locos, obsesionados por descubrir la «médula de la creación”, las fibras que sostienen el mundo, los finales más espeluznantes en manos de fuerzas sobrenaturales y horrores de allende las estrellas. Criaturas tan terribles que su creador apenas alcanza a describir –el tema de lo indescriptible o innombrable por la razón y el lenguaje aparece en reiteradas ocasiones– y cuyos poderes resultan imposibles de imaginar.
De acuerdo a uno de sus estudiosos, Will Murray, uno de los «dioses primordiales» de los mitos de Lovecraft, Nyarlathotep (que aparece en un cuento así llamado), está inspirado en la figura del físico e inventor Nicola Tesla. Esta deidad profana, emisario de los Otros Dioses, este Caos Reptante (otro de los nombres con los que el autor lo refiere) representa la racionalidad «autodestructiva del hombre» y expresa, para Fritz Leiber Jr., «la mofa de un universo que el hombre nunca puede entender o dominar». Los distintos monstruos estelares de los mitos de Lovecraft, que han sido continuados por sus seguidores, recuerdan los horrores que se han cometido en nombre de la Verdad a través de la historia.
En algún punto del siglo XX, algunos pensadores del llamado Occidente reconocieron –en contra de la «ciega fe» que se profesaba durante los albores de dicho siglo (que en Freud aparece, por ejemplo, como confianza en la progresiva disolución de la religiosidad frente a la razón)– que la ciencia no puede determinar el sentido auténtico de la vida y que, además, en el funcionamiento de sus premisas tienen concierto enunciados que no provienen de la razón. Ese reconocimiento contra el pensamiento universal es lo que llamamos posmodernidad. Y en la obra de Lovecraft se puede encontrar una metáfora –que como tal, no debe tomarse literalmente– de la actitud posmoderna del pensamiento que marcará esta columna. Los horrores cósmicos del escéptico de Providence claman: «Yo soy la Verdad, yo soy lo Absoluto».

Alumno de la generación 2011 en proceso de titulación
Temas de interés: filosofía y pensamiento social posmoderno y su relación la tradición latinoamericana, la relación de la tecnología con las subjetividades, hibridación cultural.
@Posmografo